Todavía recuerdo mi primer encuentro “violento” con un fanático rival para la final Alianza-FAS del Torneo 1993-1994. Entré accidentalmente a Sol General en medio de la barra alba, que aún no tomaba el nombre de Ultra Blanca. Por ser hincha del equipo contrario, me quité mi camisa azulgrana, la hice puño en mi mano y caminé hacia el norte donde estaba la barra de FAS.
Pocos metros antes de llegar, un tipo con un palo de escoba en mano llegó por detrás y trató de arrebatarme mi camisa. La sujeté con fuerza y me quedé con ella… el tipo me miró por un momento y luego se retiró; ahí terminó todo. Estoy seguro que si dicha historia hubiera sucedido en estos días, el final habría sido diferente. Probablemente yo hubiera terminado en Cruz Roja apaleado o algo por el estilo.
Poco o nada queda de las barras pacíficas de finales de los 80’s y principios de los 90’s, que como citaba un periódico de hace 25 años que leí: “no están muy bien organizadas pero mantienen una afición sana a este deporte”. Hoy es todo lo contrario: Tenemos barras organizadas (Ultra Blanca, Turba Roja, Súper Naranja, etc.) pero al mismo tiempo irrespetuosas, violentas y agresoras. Fanáticos que como escribe Eduardo Galeano: "Son hinchas en el manicomio".
La directiva de Alianza F.C. tomó una buena decisión que ya fue emulada por otros equipos: Convirtieron la localidad de Tribuna en “familiar”: Fenomenal para que los niños se identifiquen con nuestro fútbol, en una época donde una portada con Messi y Cristiano se prefiere más que cualquier otra.
Sin embargo, episodios como los que se vivieron este domingo 06 de febrero en el Estadio Cuscatlán tras el juego Alianza-Águila, corren el riesgo de echar por el suelo la identificación que algunos niños tienen con este fútbol.
Después de haber visto infantes aferrados a sus padres, afligidos y a punto de llorar por la batalla campal que se desarrollaba fuera del estadio… ¿Qué deseo le queda a un padre de familia de llevar sus hijos al estadio? Ninguno.
El espectáculo de por sí es malo desde hace mucho tiempo, con dirigentes sin visión que aplican la ley del mínimo esfuerzo y pésimos refuerzos extranjeros. Ahora, para colmo, también barras violentas con pseudoaficionados que llegan sólo para armar riñas callejeras.
No destruyamos el poco fútbol que nos queda con acciones vandálicas, no vaciemos más nuestros estadios. Ganar y perder son elementos inseparables del deporte: Debe prevalecer el espíritu deportivo para lamentar derrotas sin atacar al rival o celebrar victorias sin agredir al perdedor.
Recordemos que visitamos escenarios donde también asisten niños, mujeres, familiares de jugadores y padres que aún creen en el fútbol como entretenimiento familiar.
Sería bueno saber qué piensan estos fanáticos si se dan cuenta que los hijos de los mismos jugadores a los que apoyan en la cancha, terminan sufriendo estos atropellos. Si no les importa, está claro que no pueden continuar ingresando a los estadios.
No queremos violencia en nuestros campos de fútbol y también las autoridades deberían hacer lo que está a su alcance para evitar estas situaciones tan lamentables: sentar precedentes a aficionados violentos, castigar equipos con juegos a puerta cerrada, mayor seguridad para las barras al momento de finalizar los juegos, entre otros.
Lo peor que podemos hacer es quedarnos con brazos cruzados, nadie nos va venir a solucionar el problema.


